martes, 23 de octubre de 2007

La gran final

Pues sí, queridos amigos, la final de rugby ya estaba aquí, y como no podía ser de otra manera en unos caballeros como nosotros, nos reunimos como una pequeña familia, ante el calor de la televisión, los whisky, las pintas, y un buen número de guiris en el centro de operaciones habitual para este tipo de eventos.

El rugby es un deporte curioso, en el que sólo existen dos tipos de jugadores, los que parecen actores de Hollywood y los que parecen cazarrecompensas chechenos. Cualquier otro tipo que no se asemeje a estos no tiene cabida en este gran deporte. Por lo que llegué a comprender mientras me alcoholizaba, la meta del juego es lanzarse unos contra otros y golpearse con elegancia, es decir, ni patadas ni puñetazos (ni mordiscos). Al final, parece ser que gana el equipo con el uniforme más ensangrentado, aunque no me quedó claro si la sangre debe ser propia o ajena. Como prueba de ello, el orgulloso capitán del equipo sudafricano tenía la ceja partida (y probablemente en carne viva), aunque otro jugador le superaba con la oreja derecha hecha carne picada. Literalmente. Pero está claro que lo pasaron bien, y lo que es más importante, nos hicieron pasar un buen rato a todos.

Tras finalizar el partido, y mientras cargábamos nuestros marcadores de maná con alcohol, empezó un concierto de jazz, que aunque el sr Conejo decía que eran amateurs, a mi me parecieron gurús en la materia. Huelga decir que no tengo ni idea del tema, pero de lo poco que escuché, me gustó todo.

En fin, amigos, no os aburriré con las historias y percepciones de servidor, e iré directamente a lo que tanto os gusta: el sinjuicio de esta panda de decadentes degenerados.

Tras salir del centro de operaciones irlandesas, nos encaminamos hacia nuestro otro centro de operaciones habitual, el Azkena, en el que entramos sin mayor problema, y rápidamente nos hicimos con unos tubos de poción mágica escocesa con hielo. Elegimos mal lugar para ubicarnos, en medio de una ocktoberfest protagonizada únicamente por codos y salchichas, ambos elementos de cerdos. Mal plan, amigos, mal plan… Además los altavoces no ayudaban a mantener un diálogo ya de por si complicado gracias a la sobrecarga etílica que algunos empezábamos a llevar…

Tras un buen rato dando toda la impresión de ser un grupito emo-homosexual, decidimos ir a nuestra ubicación habitual en el garito, es decir, en la zona de paso del baño. Es un lugar interesante, donde uno puede hablar y entablar conversación o amistad tranquilamente. La cuestión es que mientras hablábamos de lo que suele hablar la gente como nosotros, salió una chica (del baño de chicas), y mientras salía lo dió todo, de la boca al suelo. Rápidamente se dió la vuelta y volvió al baño, obviamente para vomitar en condiciones, bien contra el sr. Roca, o contra una pared, quién lo sabe. Poco después salió, y contra todo pronóstico volvió a repetir la operación contra el ya de por si sucio suelo del garito. No salíamos de nuestro asombro cuando la joven dió una nueva vuelta de tuerca al coger impulso y patinar sobre sus propios vómitos, que afortunadamente no contenían material sólido, que por supuesto podría haberle hecho perder el poco equilibrio que tenía la moza.

En un momento determinado de la noche el sr. Conejo desapareció para no volver más, dejando atrás a un sr. Alce y sr. Proletario bastante dañados. Así que unos instantes después, y a petición propia y de mi engendro (esto dará para otra entrada más adelante amigos, no os preocupéis), nos fuimos a buscar algo medianamente solido para llevarnos al estomago. Y allí encontramos un kebab, de esos que florecen por Bilbao como amapolas en el campo. Entramos como espartanos que somos y dimos buena cuenta de ellos, y tras terminar con la primera ronda, alguien usó la frase prohibida “¿a que no hay huevos de…?”, y el sr. Cobra y un humilde servidor terminamos comiendo un segundo kebab. He de reconocer que aun habría cabido otro en mi interior, aunque no se cuanto tiempo habría aguantado ahí.

Tras todo esto, emotiva despedida y vuelta a casa.

Y os respondo a la pregunta que todos os haréis… No, no tuve resaca, y además, el kebab es uno de los mejores alimentos para el hombre, seguido muy de cerca por los chaskis.

Próximamente nuevas aventuras, permanezcan atentos…