
Y ahí estaba yo, mirando detenidamente el portal número 15 de la calle Fuencarral. Aterrizaba en Madrid el último viernes de noviembre con la única garantía de que el lunes tendría que aparecer en el curro con el mínimo retraso posible y buena disposición. Madrid, la capital, tiendas de moda, discotecas, la cuna de la movida y de la immigración ilegal, aquel día el diablo se vestía de Prada y cargaba la pierna para darme una buena patada de realidad sin aditivos en el culo.
El viernes por la noche salí a cenar con la familia con la serenidad de un veterano, aquella gente me había pagado una carrera, no podía dejarles pensar que aquello me venía grande. Con el estómago lleno y ocho horas de descanso, el sábado por la mañana todo pintaba bien. Hasta la fecha siempre había tenido la espalda cubierta por alguien pero a partir de aquel día tocaba salir solo al estrado. De todas formas aquello no podía se tan dificil, la gente lo hacía cada día y en su mayor parte gente con menos recursos que yo. En aquel momento el gran reto era conseguir un lugar donde dormir e ir al servicio con tranquilidad antes del lunes.
El día no se dió del todo mal, un par de casas aceptables, pero aún esperaba encontrar la casa perfecta. Lo de dormir después de haber pateado la ciudad no debía ser un problema pero lo de visitar el baño de La Tribu de los Brady sin asistenta no estaba soportado. Pude comprobar que el ser humano tiene un gran capacidad de adaptación.
A medida que pasaba el fin de semana y con varias casas perfectas a mis espaldas me di cuenta de que recién salido de la casa que me vió nacer y vomitar al patio interior por la ventana de la cocina, había aterrizado allí con la falsa idea de que buscar una casa de alquiler era como ir al super un fin de semana: sabías que iba a haber mucha gente y que probablemente te quedases sin el producto estrella de oferta, pero que rascandote un poco el bolsillo, al final te llevabas algo bajo el brazo. Nada más lejos de la realidad. Hacía tiempo que la búsqueda de casa se había empezado a parecer más una entrevista de trabajo de cualquier empresa-lider-del-sector-IT al uso que a las compras semanales. Llegabas mirabas la casa y derramabas un par de lágrimas de alegría al pensar que nadie más que tu podía querer aquel agujero mientras notabas como los inquilinos te observaban con detenimiento. En la mayor parte de los casos te hacían una pequeña entrevista para asegurarse de que no estaban metiendo al Carnicero de Milwakee en casa y te decían que ya te llamarían. Y tú volvías a la casa de los Brady para comprobar que el último de los hermanos había regresado de fin de semana y te tocaba dormir donde la tribu al completo apoyaba su trasero mientras veía la tele.
En aquel momento me di cuenta de que si algo bueno tiene vivir siempre con tus padres en casa es que las legumbres siempre están tiernas, pero la mayor parte de las veces en la vida, hasta que aprendes que hay que ponerlas en remojo y no echar sal hasta el final, están duras de cojones y aquello empezaba a amargar. Era domingo y el fin de semana terminaba con mi cabeza apoyada en el reposabrazos del sofá del 15 de fuencarral, hacía frío y el lunes tocaba levantarse a las 7. Parecía que habían pasado semanas desde el viernes y la ducha hacía tiempo que había pasado a ser una necesidad vital.
Dios apretaba un poco y con razón.










