Amanece en Cranfield. Cranfield es lo más parecido al barrio de La Tribu de los Brady que he visto nunca. Lleno de casas de ladrillo prefabricadas y con gente que pasea con libros bajo el brazo y se saludan con la esperanza que nadie se pare a hablar con ellos.
Inglaterra en estado puro.
La armada invencible se levanta presta a realiza las labores de mantenimiento habituales del contingente: preparar un buen remanente de pasta para comer y beber cerveza. La tarde transcurre tranquila mientras se trata de recomponer el puzzle de la noche anterior pero al puzzle le faltan más piezas que a la dentadura de Pozi.
Caida la noche la armada se dirige al segundo campo de batalla en la hoja de ruta: Milton Town. Milton Town a oscuras era como cualquier otra ciudad.
Desembarcamos en una discoteca atestada de guiris con aspecto de no preguntar. Por lo visto el guiri rapado tatuado es allí lo que aquí estamos acostumbrados a identificar con pelo cenicero y spoilers en su Seat León. La noche iba bien, bebimos en el parking y entramos en el recinto. En ese momento Dios tiró los dados y decidió que Colega A, Colega D y yo acabáramos en una planta de la discoteca mientras que colega B y C se adentraron en otra con una proporción superior de féminas. Dios sabía lo que hacía y se lo estaba empezando a pasar bien.
La bestia aún no había despertado y colega A disfrutaba chalaneando con lugareñas a una distancia prudencial. Colega D y yo fuimos a descansar a un apartado. Estábamos comentando lo tranquila que discurría la noche y que parecía que de alguna forma todo estaba controlado, cuando vimos pasar a tres guardias de seguridad corriendo por el pasillo. Nos miramos. Sabíamos que todo aquello tenía un origen conocido. Me levanté y me asomé al descansillo. Pude ver entre varios tipos enormes a colegas A, B y C enzarzados en una discusión. La frase estrella por parte de colega C era "You must burn in hell". Aquello era como tirar pipas contra un muro de cemento. La discusión acabó rápido. Minutos después los tres estaban ya fuera de la discoteca.
Cuando acabó el chalaneo en el interior salimos a reunirnos con el resto de las tropas y buscamos un taxi para regresar al cuartel general. Apareció un sonriente taxista con rasgos pakistaníes, un tipo amable, tranquilo, probablemente con familia, que se disponía a poner la guinda a otra noche de trabajo con una carrera a Cranfield. Casualmente aquel día habíamos unido fuerzas con tropas procedentes del norte de la península y eramos 9. El pakistaní observó la escena de 8 tipos borrachos en la parte de atrás de su furgoneta y decidió cobrar por adelantado. Nadie le puso pegas, conocíamos nuestro poder.
Iniciamos el viaje de regreso. La capacidad de razonamiento de la parte de atrás de la furgoneta menguaba a cada kilómetro. Aquello empezaba a ser un discobar y había que celebrarlo. Comenzamos con clásicos poulares de la envergadura de "Para ser conductor de primera..." o "Que bote, que bote,..." y continuamos con las melés. La furgoneta se movía de lado a lado y aprecían las primeras gotas de sudor en la cara del taxista. Su furgoneta se balanceaba. Creo que estuvo a punto de parar para despedirse de su familia. Le hubiera dejado mi móvil.
Un vez en destino llegó el recuento de daños. Lo único apreciable era que la luz del interior de la furgoneta se había desprendido y se balanceaba a modo de lámapara con los cables colgando. En ese momento hizo aparición estelar colega A que salió de la furgoneta, se tropezó con un embellecedor del interior y lo arrancó de cuajo. Salió con el trozo de plástico en las manos agitándolo al aire a modo de trofeo. El taxista observaba la escena empapado en sudor frío. Hubo que convencerle de que aquello estaba así cuando entrámos. Creo que ese taxista durmió abrazado a su mujer y sus hijos esa noche.
Cranfield esperaba en tensa calma la llegada de los tercios españoles. Las tropas estaban de vuelta.
Balance: 9 muertos y una nave hundida.
La armada descansa para preparar la ofensiva final sobre la capital.
domingo, 13 de mayo de 2007
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